Era una profesora tímida y feúcha, quizá inepta. Formaba parte de ese grupo de enseñantes al que llamábamos mariachis. Se trataba de adjuntos, interinos o de exalumnos que al acabar la carrera se quedaban como meritorios al arrimo de la cátedra. Los mariachis formaban un coro de servilismo en torno al catedrático, reían sus gracias, merodeaban como rémoras alrededor de él y le pagaban, casi siempre, el café. En los pasillos de la facultad, era de ver el modo jerárquico de formar su rueda arropando al semidiós, su modo de pulular, de echar lazos de adulación o de meter los codos para acercarse a la luz, incomprensible, que parecía desprender el rey de la cátedra.
Aquella profesora era una mariachi. Nada más. Hacía poco que había acabado la carrera y alguna vez la habíamos visto haciendo contrapuntos, réplicas o voces corales al catedrático.
Aquella profesora era una mariachi. Nada más. Hacía poco que había acabado la carrera y alguna vez la habíamos visto haciendo contrapuntos, réplicas o voces corales al catedrático.
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Salvador Compán
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